Da un paso más, a ver si le ves los dientes

         Que el mundo exterior está lleno de peligros ya lo sabían los ratoncillos que correteaban entre las garras de los dinosaurios; y nosotros, sus tataranietos, lo comprendemos perfectamente. El día está lleno de cazadores hostiles que atacan sin avisar, sea en forma de conductores homicidas o de cartas de Hacienda. Por la noche actúan los borrachos agresivos, los perros rabiosos y los murcigleros -una palabra que por sí misma ya da miedo-. Cuando creemos estar a salvo en nuestra cama nos golpean nuestros propios pensamientos, capaces de envolvernos durante toda una eternidad en la telaraña de una pesadilla estremecedora o hacer que nos despertemos llorando tras haber enterrado a las personas a las que más queremos.

         miedoEl miedo es un sentimiento universal. Los peces que no tienen miedo a los tiburones acaban muriendo entre sus dientes, mientras los más timoratos viven más tiempo y tienen millones de huevos, todos ellos con ese mismo gen que les hace recelar de las formas demasiado grandes y oscuras. Los gatos se pasan la vida delatando a los fantasmas; los perros los ahuyentan dando voces. La cucaracha, esa concentración de terror doméstico que aún encima es capaz de volar, echa a correr cuando nuestra zapatilla se acerca asqueada para terminar con ella, propulsada por una sensación desagradable, de peligro grave e inminente, que debe de ser muy parecida a nuestro miedo.

         Pero, a diferencia de los demás animales del planeta, los seres humanos hemos aprendido a disfrutar con el terror. Una película de asesinos, una novela de vampiros, incluso una web cargada de leyendas urbanas sobre fantasmas y cementerios, pueden hacernos pasar un buen rato.

         Esto se debe, quizás, a que los humanos somos los únicos seres que torturan. Ver a una chica desnuda metida en un pozo por un psicópata, o a un zombie cuyo traje elegante se está pudriendo a la vez que su propia cabeza, nos pueden producir cierto placer. Estamos a gusto viendo lo puteados que están otros, sabiéndonos impunes y en el fondo superiores a esos pobres pringaos, contemplando la sala de torturas desde el cristal infranqueable de nuestra televisión.

         imagenes-de-miedo-1280x720-8Desde luego, los escritores de terror somos unos torturadores simbólicos. Hombres y mujeres que nos decimos que nunca le haríamos daño a una mosca… pero que luego nos deleitamos creando universos a cuyas criaturas les pasan cosas muy malas. Podríamos hacer que la chica de la acampada escapase por la puerta de la derecha y en vez de eso la metemos por la izquierda, donde está el psicópata con un cuchillo bien afilado. Podríamos salvar a Jack Torrance haciendo que se desmaye y que Wendy le meta en el quitanieves para que también pueda escapar, y en vez de eso le dejamos aullando al otro lado del seto. Podríamos hacer que Norman Bates le diera a su madre cristiana sepultura y acabara casándose con una buena chica de California; que los marcianos vinieran en son de paz y no encima de unos trípodes con rayos laser; o que cierto gato negro, con un solo ojo amarillo, saltase a tiempo del cadáver de su ama antes de ser emparedado por un asesino lleno de alcohol.

         Sí; los escritores de terror podríamos parir otras ideas que no implicasen matar o putear a los demás. Pero si no lo hacemos es por dos razones: la primera -hay que confesarlo- porque nos gustan las torturas como al resto de los seres humanos. Y la segunda, que quizás nos salve un poco ante nuestros propios ojos, porque en el fondo queremos avisaros de lo que os puede pasar.pixabay-luna-461279_1280

         Los monstruos que creamos los escritores pueden ser extravagantes, pero los sentimientos que los impulsan existen en la vida real. Los vampiros y los zombis quieren comernos para seguir viviendo un día más. King Kong y el monstruo de Frankenstein buscan amor y amistad. Los fantasmas del Hotel Overlook sienten odio y pretenden alguna clase de venganza. El coleccionista que mete mujeres en jaulas experimenta placer sexual. Y el virus de la peste mata a ciegas como pasa con el sida o con el cáncer.

         Situaciones muy reales -comer, odiar, amar, follar- que siempre van dirigidos a personas como nosotros. En una obra de terror la agresión puede provenir de cualquier clase de ser -una persona, un animal, un fantasma, un árbol, un gas-… pero el peligro siempre recae sobre los seres humanos. Puede que el monstruo se cargue antes a un perro o mate a cien ovejas, pero eso no será más que un complemento para ir entrando en materia. A nadie le interesa ver una película en la que sólo destripan perros o crucifican gatos. No diremos que eso es una película de miedo sino una tortura gratuita, una crueldad que no nos aporta nada. Porque el terror es una manera que transmitir un mensaje que nos puede ayudar a sobrevivir: uno de nosotros -otro ser humano, por diferentes que sean sus circunstancias- se enfrenta a un peligro y sale con éxito… o mete la pata y se lo cargan. En cualquiera de los casos nos enseñan una conducta que imitar o de la cual escapar.

         Shit happens, dicen los expertos, adoleciendo tal vez de la más elemental morigeración. Las cosas malas ocurren y son sucias, crudas y sangrientas. Y quizá es eso lo que nos salve a quienes gastamos nuestra vida escribiendo relatos de terror: los peligros existen y alguien tiene que advertir de ellos a los demás. Hay que gritar que el fuego quema, que el alcohol te convierte en una bestia, que al otro lado del seto hay un león agazapado. Que si entras corriendo por la puerta equivocada puedes acabar con un cuchillo o una polla metidos hasta el fondo y sin remedio.

poegato         Los escritores de terror hemos estado muy cerca del monstruo -aunque el viaje lo hayamos hecho en el interior de nuestras mentes- y hemos vuelto de aquellos mundos paralelos, pero semejantes al nuestro, para contároslo.

         Pero no nos deis las gracias, porque nos lo hemos pasado genial. Ir a la caza del monstruo produce placer; el placer de la curiosidad que es innato en todos nosotros. Y es que los humanos tenemos la compulsión de acercarnos al borde del precipicio para ver qué hay más allá. Necesitamos tocar la pata del dinosaurio, acercarnos a una fogata y echarle un trozo de carne para ver qué sabor tiene, mirar hacia arriba para ver cómo es el bicho que ha tejido esa telaraña gigantesca, machacar semillas de trigo y mezclar el polvillo con agua a ver qué sale, abrir el ataúd donde reposa el vampiro…

         La curiosidad nos puede salvar la vida; pero también la podemos perder en el intento. Y ese cosquilleo contradictorio, que no es agradable pero al mismo tiempo puede ser placentero, es el germen de nuestra pasión por las novelas de terror. La misma pasión, mezcla de euforia y de miedo, que sentían los ratoncitos cuando se acercaban a la pata de un dinosaurio para ver si se había dormido y podían inflarse de frutas hasta hartarse.

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